Relato del nacimiento de Melissa Ghaia – La Flor de la Vida

Relato del nacimiento de Melissa Ghaia

El día del aniversario de mi marido y progenitor de la niña amanecí con contracciones. Eran más intensas que las que había notado días anteriores. Intenté volver a dormir un rato más, y cuando sonó el despertador le dije a Aleix que parecía que estaba arrancando. Me miró con cara de felicidad, de esas de, hoy es el día.  Fui a la ducha para ver si realmente era el día anunciado o se paraban con el agua caliente, pero continuaron. Aleix contactó con Gaia y Chiara y al poco vinieron.  Las contracciones continuaron durante varias horas en el salón de casa, quebrillaba con un ambiente acogedor, con mi hija mayor acompañándome y con Aleix y las comadronas masajeándome, monitorizando a la bebé y preparando cositas.  El parto anterior acabó con epidural en el hospital, razón por la que yo creía que esas contracciones continuarían así hasta el final. Su ritmo era irregular. Cada vez que venían, llegaba un momento en el que creía que si continuaba iba a morir, pero llegaba el momento siguiente, cuando la intensidad disminuía, que sentía que podía continuar con ellas. Eran llevaderas, y entre contracción y contracción podía observar la situación, ver a mi hija, sentarme en la pelota, ver como todo avanzaba. Después de varias horas las contracciones disminuyeron y pude comer y descansar; aproveché para dormir.

Al poco de despertar la situación cambió por completo, las comadronas, que había subieron, y mi hija y Aleix se fueron con la abuela a dar un paseo.  Comenzó una fase más salvaje, primero en el suelo y luego en la bañera. Las contracciones eran más intensas, e iban acompañadas de la necesidad de gasas frías en la cabeza, el masaje en las lumbares y el acompañamiento de Aleix, Gaia y Chiara. Y finalmente se desencadenó el expulsivo en la piscina de partos.  Abandoné mi consciencia y seguí mi instinto, planté cara al dolor y lo vencí en casa, con el apoyo de los demás. Así que pude tocar el pelo de la bebé, empujar aún dos veces más y finalmente la cogí yo misma. No lloró y me la puse inmediatamente al pecho. Allí estaba Melissa, la tan esperada.

Salimos de la piscina para tumbarnos en el sofá. Melissa ya comía, pero la placenta no salía. Masajeaban el útero, pero el tiempo pasaba sin cambios. Hasta que comenzó una hemorragia intermitente que florecía cuando el útero se relajaba. Gaia y Chiara se convirtieron en superheroínas sacando fármacos y pinchándome vías, mientras ambas evaluaban la situación. Y llegó el momento de llamar a la ambulancia: la placenta no salía y la sangre no llegaba a cesar. Diría que la médica de la ambulancia no había visto nunca un caso similar, así que Gaia subió a mi lado y al llegar al hospital permaneció en todo momento conmigo, dándome confianza e informando al equipo médico, así como intercambiando opiniones continuamente con la ginecóloga a la vez que tenía a Melissa, que también vino conmigo en la ambulancia, en brazos. Aleix y Chiara nos siguieron en coche y al llegar, a Aleix le dejaron estar a mi lado y cogió a la bebé en brazos. Gaia, con las manos libres, se puso a disposición de la ginecóloga. El ambiente en el hospital era calmado, el personal muy amable y… enseguida la placenta salió sola.  Dormimos en el hospital, haciendo piel con piel con Melissa.

La pérdida de sangre me ha dejado débil, con instrucciones de reposo y buena alimentación, pero no me ha podido quitar mi estado de gozo y felicidad; estamos toda la familia junta en casa. Y no podemos estar más agradecidos a Gaia y Chiara por su acompañamiento, por estar presentes en todo momento, por su apoyo, su guía y su confianza, tanto durante las últimas semanas de embarazo (que es cuando las encontramos), como durante el día del parto y el post-parto; y también por su agilidad médica, conocimiento técnico y prudencia cuando tuvimos que recurrir al hospital.

 

 

 

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